CONTENEDORES HUMANOS – Esperanza d´Ors

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Esta escultora de amplísima trayectoria, quiere acercarnos su obra a través de la gráfica y pone a nuestra disposición los bocetos del proyecto en el que trabaja en estos últimos años.
Se trata de una colección de quince estampas divididas en tres series:
La mañana, en la que los individuos están tumbados, la tarde, con los protagonistas de pie y la noche, con las figuras sentadas. Una exquisita edición de diez ejemplares de cada estampa, en tonos que recuerdan los metales habitualmente utilizados por la escultora, el hierro, el plomo o el aluminio.
Y al margen de la impecable factura, un discurso de vehemente actualidad:
Mi trabajo artístico ha tenido, desde sus inicios en 1981, el cuerpo humano como centro, con la convicción de que éste es intrínsecamente trágico, como no lo es el cuerpo de ningún otro animal. Ningún otro animal está desnudo.
Las lecturas que toda obra artística suele ofrecer son múltiples y variadas y escapan a su propio control. Son los ojos de los demás, los que dan sentido y completan la obra, como nos dijo Oscar Wilde.
Creo, sin embargo, que en mis Contenedores humanos, en los que trabajo desde 2003, late una voluntad, que podría responder a la palabra “dolor”.
Sabemos que el dolor es consustancial a la vida, pero buscamos desesperadamente olvidarlo o relativizarlo. Sin embargo, John Berger nos recuerda que para que “vivamos y muramos debidamente, las cosas han de nombrarse debidamente”.
El arte ha sido siempre una suerte de instrumento que sirve para reflexionar sobre nuestro tiempo. Obligación urgente en nuestra contemporaneidad, cuando el arte se presenta bajo el vértigo de la información y atravesado por la banalidad. “El lugar del hombre es, una vez más, la cuestión que tiene que ser planteada”, escribe Fernando Castro Flórez.
La función inexcusable de todo artista es conmover y acompañar. Puedo decir que, como reacción al imperante “poshumanismo”, mi trabajo se ha visto formalmente incrementado por la multiplicación de las figuras que conforman la obra en una incontrolada e imparable extensión.
Uno de los grandes temas con los que se enfrenta el nuevo siglo es, sin duda, la obligada trashumancia. Mis Contenedores humanos señalan la negación de un dramático derecho que el hombre ha tenido siempre, aunque buscando la vida pudiera perder su vida… No es nuevo. Sin embargo, sí lo es el cierre de las fronteras reales e invisibles de nuestra intolerancia.
Dice Andrés Ibáñez que lo que “se cultiva es lo que se cosecha” en los huertos de la imaginación. El mundo es lo que nosotros creemos que es, lo que soñamos que es.
Me ha gustado siempre sumar a otros artistas y gentes del mundo de la cultura en mis propuestas públicas. Lo hice en Prometeo, no debiste traer el fuego (1995), en Narciso, el espejo de mi soledad (2002) y en Devolución de Prometeos a su lugar de origen. Un viaje de trashumancia (2009). Con ello pretendo potenciar y completar significativamente mi propia narración. Y, siempre, buscando esa hermandad con los que conmigo trabajan desde el convencimiento de que la belleza existe.
Han querido acompañarme esta vez cuatro grandes fotógrafos, Carmen Ballvé, Carlos Cánovas, Chema Castelló y Eduardo Momeñe, con el mismo deseo de cultivar esa “tierra”. Ellos completan la otra faz a mi abigarrada humanidad, mostrando los espacios vacíos y abandonados, los muros encontrados, las irónicas paradojas… Mi gratitud infinita a ellos y a Hombres que son como lugares mal situados, poema definitivo y hermoso del desaparecido monje benedictino portugués Daniel Faria, un tesoro hallado en el camino.
Esperanza d’Ors

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