NINGÚN LUGAR Alejandro Padrón

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Ningún lugar

“Para los cubanos el Mar, el horizonte y el cielo, son una constante, imponen un límite político e ideológico que ha dividido familias, ideas y sentimientos por muchas generaciones. Es un muro entre el presente y el futuro que afecta la conciencia colectiva como una permanente fascinación”. Yoan Capote

Algo de esto hay en Ningún Lugar de Alejandro Padrón (La Habana, 1972), ya en su proyecto anterior, Horizonte introdujo, a través de ensamblajes, de mestizajes técnicos y formales, su visión “del lado de allá” (como él suele decir para hablar de aquí), algo que le preocupa y le resulta difícil de desligar de su vida y su obra; su propia existencia y experiencia vital. El sentirse desubicado, en tierra de nadie, ya estaba configurado en aquel proyecto, por forma y materia, en cuerpo y alma, mediante un lenguaje plástico y personal que se debate entre la poética visual y la pura realidad. En aquel proyecto reflexionaba sobre una visión utópica del mundo, sobre la búsqueda de un mundo mejor, un lugar que podría llevar el nombre de Utopía, como en su momento propuso Tomás Moro y que, desde su literalidad, significa fuera de lugar, aquello que está en ningún lugar.

En esta exposición se advierte su singularidad como artista, su interés por acercarse desde el mundo del grabado, en el que ha profundizado en la Escuela de Arte de Oviedo, al de la escultura, ámbito en el que se formó en la Escuela de San Alejandro, en la Habana. Su trabajo se encuentra en esa encrucijada de disciplinas y culturas, de fortalezas y fragilidades personales, entre el papel y el cemento, entre la tinta y la madera, en la libertad de contemplar la densa y efímera belleza de una nube, o de escrutar, a través de una mirilla, una atmósfera claustrofóbica e introspectiva.

Se trata de 7 piezas, obras sin nombre que reclaman nuestra atención, es intencionado el prescindir de la poética de los títulos, resulta más rotunda la presencia de cada obra. Poseen una carga nostálgica, un peso del pasado, un mirar atrás para no desprenderse de las raíces, ni de sueños, ni de aquellos instantes de aspiraciones ahora perdidas que, sin otra posibilidad, se han convertido en su fuente de inspiración. Alejandro necesita retroalimentarse, beber de sus propias fuentes; adopta formas con gran carga simbólica: isla, nube, cielo, horizonte…, que le permiten generar sabia nueva y energía para la supervivencia. Ningún lugar provoca lecturas universales, pero sobre todo autobiográficas, muy íntimas, que desvelan nuestras conversaciones sobre Christian Boltanski: “La vida es como un texto escrito, el artista subraya algunas palabras”.

Santiago Martínez, profesor de Historia del Arte

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